sábado, 18 de agosto de 2012

La Hechicera

Publicado originalmente el 26 de marzo de 2011 en "Una sencilla ópera"

Sólo estaba ella, como su única compañía. Ella, y la lluvia, cayendo suavemente aquella tarde calurosa.

Sus ojos, los de ella, esos grandes ojos, que decían tanto en un instante, esos ojos de un tono casi amarillo parecían transmitirle un mensaje mágico en lenguas ocultas. Su piel, esa blanca piel que le embrujaba con su absoluta perfección. De esa piel aún se acuerda perfectamente, se acuerda de cómo lograba reflejar la luz del sol que era lejana. 

La lluvia que caía parecía no importarles. Incluso ella, la hermosa, parecía no mojarse. Su pelo conservaba intacta su forma. Ese pelo negro y ondulado, que ella dejaba caer a un lado para que se lo tocara, para que jugara con él. Sentía en sus manos una suave textura, una textura que le hacía perder el hilo del momento. Sólo pensaba en ella; el dónde, el cuándo y el porqué ya perdían todo sentido.

No había palabras, no las necesitaban. La amaba y ella le enamoraba. Pero ella sólo era coqueta, no tanto, pues ella no quería que lo notara. Igual sus ojos lograban engañarle, lograban decirle mentiras, decirle que ella también le amaba. Su piel, su suave piel le deslumbraba, así le distraía; y su pelo fue capaz de prohibirle que pensara de más. El engaño estaba hecho.

Propósito no había, ella sólo quería engañarle. Porque sí, porque así debía ser.

Entre aquellos dos pares de ojos, la mitad de ellos endiabladamente hermosos, se podía ver el magnetismo, se percibía lo mucho que esos ojos deseaban acercarse para darle paso a los labios. Rojos los labios de ella, rojos y también hermosos, con una permanente sonrisa, porque así era ella.

Mas esos labios nunca se tocaron. De esas dos siluetas femeninas, la más hermosa desapareció, llevándose consigo el calor de aquella tarde lluviosa, la hermosura de aquel paisaje y una parte del alma de aquella joven. El dónde, el cuándo y el porqué golpearon a la joven de imprevisto.

Aquella joven, nunca supo si la hechicera era real. Pero sí notó, pasado un tiempo que no era la misma. Porque esa hechicera, esa hermosa hechicera, se llevó una parte de ella que nunca volvería. Porque la joven amó a la hechicera.

Ni siquiera una única lágrima derramada por esa joven, se pudo llevar el recuerdo de aquel reflejo del sol en la blanca piel de la hechicera.

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