domingo, 26 de agosto de 2012

El blog, el 2012, la universidad, el tiempo, la danza

He terminado de publicar las entradas más importantes de "Una sencilla ópera". He cambiado el diseño del blog, ahora me gusta mucho más. Aún no sé cuál será el nombre definitivo del blog, pero me preocuparé de eso más tarde. Lo que sigue es continuar publicando entradas, entradas nuevas, claro está.

Como ya lo habrán notado, queridos lectores, he dejado de publicar entradas a diario. Redactar una entrada digna de ser publicada requiere de cierto tiempo, de cierta dedicación. Lo complicado del asunto es que soy estudiante de Literatura, cosa que me exige una considerable cantidad de tiempo a la semana para leer e investigar para las distintas materias que estoy tomando. 

Además de eso, estoy bailando diez horas a la semana, es aquí a donde quería llegar. Pero primero, voy a cerrar lo que venía comentando: como estoy bailando, esto no sólo me exige diez horas más de mi tiempo en la semana, sino que además, muchas veces estoy muy cansado, fatigado, agotado como para pensar en cualquier cosa que no sea o un capítulo de alguna serie o mi cama; y esto incluye, la universidad, y por supuesto, el blog. Por lo tanto, no puedo permitirme más que una entrada semanal. Lo más seguro es que cada domingo aparezca algo nuevo por acá.

Ahora sí, contaré un poco de mi historia de este año y todo (o casi todo) lo que tiene que ver con la danza. Y me remonto a noviembre del año pasado, cuando tuve que hacerme un cuadro hemático (o exámenes de sangre, que llaman), para abrir mi historia clínica en la universidad, cosa que es un requisito para poder matricularse. En este cuadro hemático, resultó que yo tenía en mi sangre niveles altos de yonosequé y que eso podría llegar a ser problemático y que me podía dar un patatus (no tengo idea de los nombres reales de yonosequé y patatus, pero ese no es el punto, de todas formas). El punto es que mi doctor me dijo que era muy importante que yo hiciera ejercicio. El dilema en este punto era qué ejercicio, porque a decir verdad, ningún deporte me llama realmente la atención; y eso que intenté hacer patinaje, tenis y  natación. Y por nada del mundo yo iría a un gimnasio, ¡qué lugar aburridor! Entonces pensé en la danza, la danza era la solución. 

En este punto (febrero, más o menos), el problema dejó de ser el qué. Ahora, el problema era el cuándo, el dónde y el cómo; o bueno: el horario, la academia y el estilo o técnica de danza. Lo del horario era lo más problemático, puesto que para esa época del año, yo estaba tomando cursos intensivos de francés de lunes a viernes, así que por un lado, era difícil encontrar un horario en danza que se aduecuara a mi agitada agenda; y por otro, no podía permitirme hacer muchas horas semanales puesto que yo ya tenía demasiadas cosas qué hacer.

Ahora bien, para ese entonces, yo había comenzado con unos amigos a tocar música, habíamos formado una banda. La bajista de la banda, Verónica, que en ese entonces para mí era una conocida más (ahora es una de mis mejores amigas), hacía comentarios tipo "en danza nos hacen hacer tal cosa", "en danza tenemos que esto y esto"; esto me llamó la atención y le pregunté dónde bailaba, qué bailaba, qué días iba, etcétera. Ella me hablo de su academia, en la que asistía a alineamiento corporal (que es básicamente estiramientos y fortalecimiento de músculos, entre muchas otras cosas) y jazz.

A decir verdad, lo que más me llamaba la atención era contemporáneo. Sin embargo, yo era una persona con muchas retracciónes y mi flexibilidad daba vergüenza, así que la clase de alineamiento corporal me llamó muchísimo la atención y le pedí a Vero que me llevara a conocer la academia, entonces ella me llevó a conocerla una tarde de marzo.

Ese día me permitieron asistir a las clases que tomaba Vero como cortesía de la academia. Ambas clases me gustaron mucho y la profesora me pareció muy buena. Además, si salía temprano de francés los dos días de Alineamiento y Jazz, el horario me funcionaría. Así las cosas, en abril comencé con la danza. Y me fue muy bien: al parecer, dicen los que saben, tengo potencial para la danza y puedo ser un bailarín muy bueno.

Para junio, mi grupo de francés (el de cuatro y media a seis y media) se fue quedando sin asistentes, lo que provocó que se cerrara el grupo y sólo quedara como alternativa, el horario de las seis y media. Esto me dejaba con un gran dilema puesto que ya no podría volver a danza si me quedaba en clases de francés. Aunque si me salía de francés, pensé, tendría más tiempo y podría tomar más horas de danza.

Lo de tomar más horas era tentador. Por un lado, contemporáneo seguía llamándome la atención, y Paula, mi profesora de jazz, llevaba un tiempo diciéndome que debería entrar a ballet, que si lo hacía, yo avanzaría muchísimo; por el otro lado, si dejaba de bailar dejaría de hacer ejercicio y eso no me lo podía permitir, además, a decir verdad, yo estaba disfrutando más la danza que el francés. Así que lo decidí, dejé las clases de francés, tal vez después las retomaría, y comencé a ver ballet, contemporáneo y otra clase de alineamiento corporal que dicta Leo, el profesor de contemporáneo.

Esta fue una de las mejores decisiones que tomé en lo que va del 2012. Con la otra clase de alineamiento, mi estado físico y mi flexibilidad, que ya habían comenzado a avanzar, mejoraron muchísimo; con ballet comencé a entender mucho mejor todas las demás técnicas, además con las clases de alineamiento y jazz, yo ya tenía bases para ballet, y eso hizo que yo no entrara tan perdido. Ahora bien, yo tenía serias dudas de entrar a contemporáneo puesto que al parecer, ese grupo llevaba trabajando un buen tiempo y ya iban bastante avanzados, y sin embargo, acepté el reto y la inscribí. Leo me advirtió que él no podría dedicarme mucho tiempo de la clase para que yo me aprendiera las secuencias que el grupo llevaba un buen tiempo trabajando, y que por eso, yo debía ser muy aplicado y debía ir a todas las clases para poder alcanzar el nivel del grupo. Y lo hice, en un mes logré alcanzar el nivel del grupo y ahora ésta es mi clase favorita.

Creo que mi calidad de vida ha mejorado mucho en estos meses: ahora me siento mucho mejor conmigo mismo, mucho más vital, por fin siento que estoy haciendo lo que realmente me gusta, estoy rodeado de personas muy agradables, en fin, no puedo pedir nada más.

A veces me imagino como un bailarín profesional, a veces dejo volar mi imaginación y me pregunto si podría ser un bailarín exitoso, si podría vivir de eso. Pero la realidad es que empezar a bailar a los 18 años es tal vez muy tarde y yo ya he comenzado a estudiar una carrera que también me gusta mucho, de la que me quiero graduar. No sé que vueltas me dará la vida, pero por ahora, me siento muy feliz así como estoy.

Tal vez algún día pueda hacer algo por este estilo, no lo sé:


En la próxima entrada posiblemente me desahogaré con algo que tiene mucho que ver con todo esto. Hasta la próxima semana.

lunes, 20 de agosto de 2012

La Pintura

Publicado originalmente el 29 de febrero en "Una sencilla ópera"
Dedicado a Rocio Acosta
Mientras caminaba, Ezequiel recordaba la curiosa sonrisa de la muchacha que vio la noche anterior. El recuerdo de tal sonrisa le nublaba la mente y no le dejaba hacerse preguntas tales como “¿Para qué me daría ella este papel?” o “¿A dónde se supone que me lleva esta dirección?” o al menos “¿Debería yo confiar en esta chica?”. No, lo único que se le pasaba por la mente era su sonrisa y las incontrolables ganas que tenía de volverla a ver. El mensaje, se decía Ezequiel, era muy claro: Si iba al lugar que indicaba la dirección escrita en el papel que ella le había dado, allí la encontraría.

El lugar al que llevaba la dirección era una casa. Cuando Ezequiel llegó, vio que tenía la puerta abierta. Desde afuera, él veía un pasillo con paredes blancas. Sin dejar de caminar, él entró, nadie lo detuvo y con nadie se cruzó, cosa que al chico no pareció extrañarle. El pasillo era bastante luminoso, después de unos metros giraba a la izquierda, y al fondo había una puerta también blanca.

El blanco de las paredes, parecía hacer que las acciones de Ezequiel fuesen más mecánicas y menos conscientes, de modo que apenas se dio cuenta de que había entrado a una habitación mucho más espaciosa y con el techo mucho más elevado que el del pasillo que acababa de abandonar. El piso, el techo y las paredes eran tan blancos que al principio lo enceguecieron.
Lo primero que él notó, era que aquella muchacha no estaba en esa habitación, cosa que le bajó mucho el ánimo y lo arrastró por un segundo a la realidad. No obstante, justo en el momento en el que Ezequiel pensó en salir de allí, notó que el color blanco no era lo único que había en aquella habitación.

Al final de la habitación había una pintura que tenía un estilo que el chico nunca había visto. Al fijarse mejor, él creyó ver a la muchacha por la que había llegado hasta allá, retratada en ese cuadro. Su aspecto en la pintura, era aún más seductor que el que tenía en persona, puesto que había en ella una belleza que Ezequiel hubiese descrito como mágica. La misma sonrisa que lo había obsesionado, ahora lo hechizaba y no le permitía apartar sus ojos de ella, no le permitía parpadear siquiera.

Nadie puede decir cuánto tiempo permaneció el muchacho inmóvil, sin parpadear y sin respirar, él mismo tampoco hubiese podido. Y enorme fue su miedo cuando fue consciente de haber pasado tanto tiempo así. Sin embargo, el muchacho tenía que hacer grandes esfuerzos para poder parpadear y respirar, y si algo lo distraía de esas cosas, simplemente lo dejaba de hacer. El problema es que ese algo existía, el cuadro al final de la habitación no hacía más que llamar la atención de Ezequiel.

Poco a poco, él se iba dejando llevar por el encanto de aquella muchacha. Poco a poco, el temor por su vida iba desapareciendo. Poco a poco, su familia, sus amigos y todos los que conocían a Ezequiel, se iban olvidando de su nombre, de su aspecto y de su existencia. Poco a poco, el color blanco de aquella habitación consumía la imagen de un muchacho de diecinueve años, que había perdido su nombre.

En una galería que había en esa misma ciudad, una muchacha de veintiún años se paseaba cogida de la mano de su novio. Hasta hacía muy poco, ella estaba pensando en la cena que le prepararía a su hermano menor, pero en aquel momento, toda la atención de la muchacha se centraba en una pintura, que ella no había notado antes. En esta pintura, de un estilo absolutamente novedoso, se retrataban las figuras de un chico y una chica, ambos con facciones hermosísimas. La chica que estaba mirando el cuadro, se sintió extrañamente familiarizada con el muchacho retratado en la pintura, como si esa fuese la apariencia que tendría su propio hermano, de haber recordado haberlo tenido alguna vez en su vida.

domingo, 19 de agosto de 2012

Estigma del codo

Publicado originalmente el 10 de abril de 2011 en "Una sencilla ópera" 

Tal vez he llegado a ser muy ritualista. Es tal vez por eso, que me han llegado a afectar tanto, las diversas reglas de etiqueta. En términos generales, procuro siempre acatarlas, con la mejor intención de dar una buena imagen. No obstante, hay una de estas reglas con la que siempre he tenido problemas y aún no logro superar: "Cuando te sientes a comer, los codos en la mesa no has de poner".

Averiguando un poco, me enteré que la famosísima regla nació de cuando las familias eran numerosas, y muchas personas se sentaban a comer en la misma mesa. Muchas veces, no había espacio suficiente para los codos, puesto que al ponerlos en la mesa, uno los tiende a abrir. Así que se estableció que los codos en la mesa no se debían colocar, con el fin de no incomodar a los de al lado, y no gastar ese espacio tan necesitado.

Sin duda, la regla fue muy adecuada en su época. Sin embargo, al pasar de los años, las familias se han reducido y menos espacio se ha requerido. Hoy en día pienso que una persona no se incomodará en una mesa por falta de movilidad en los brazos, sino por falta de movilidad en todo el cuerpo. Así que considero de mucha peor educación al que invitó a muchos a comer en una mesa pequeña, que al invitado que puso sus codos sobre la mesa .

Pienso que los codos sobre la mesa ni siquiera se ven estéticamente mal y que no hay ningún problema en ponerlos cuando hay espacio suficiente. En conclusión, digo yo, a la hora de comer, se ha de pensar antes en el tamaño de la mesa que en el estigma del codo.

sábado, 18 de agosto de 2012

La Hechicera

Publicado originalmente el 26 de marzo de 2011 en "Una sencilla ópera"

Sólo estaba ella, como su única compañía. Ella, y la lluvia, cayendo suavemente aquella tarde calurosa.

Sus ojos, los de ella, esos grandes ojos, que decían tanto en un instante, esos ojos de un tono casi amarillo parecían transmitirle un mensaje mágico en lenguas ocultas. Su piel, esa blanca piel que le embrujaba con su absoluta perfección. De esa piel aún se acuerda perfectamente, se acuerda de cómo lograba reflejar la luz del sol que era lejana. 

La lluvia que caía parecía no importarles. Incluso ella, la hermosa, parecía no mojarse. Su pelo conservaba intacta su forma. Ese pelo negro y ondulado, que ella dejaba caer a un lado para que se lo tocara, para que jugara con él. Sentía en sus manos una suave textura, una textura que le hacía perder el hilo del momento. Sólo pensaba en ella; el dónde, el cuándo y el porqué ya perdían todo sentido.

No había palabras, no las necesitaban. La amaba y ella le enamoraba. Pero ella sólo era coqueta, no tanto, pues ella no quería que lo notara. Igual sus ojos lograban engañarle, lograban decirle mentiras, decirle que ella también le amaba. Su piel, su suave piel le deslumbraba, así le distraía; y su pelo fue capaz de prohibirle que pensara de más. El engaño estaba hecho.

Propósito no había, ella sólo quería engañarle. Porque sí, porque así debía ser.

Entre aquellos dos pares de ojos, la mitad de ellos endiabladamente hermosos, se podía ver el magnetismo, se percibía lo mucho que esos ojos deseaban acercarse para darle paso a los labios. Rojos los labios de ella, rojos y también hermosos, con una permanente sonrisa, porque así era ella.

Mas esos labios nunca se tocaron. De esas dos siluetas femeninas, la más hermosa desapareció, llevándose consigo el calor de aquella tarde lluviosa, la hermosura de aquel paisaje y una parte del alma de aquella joven. El dónde, el cuándo y el porqué golpearon a la joven de imprevisto.

Aquella joven, nunca supo si la hechicera era real. Pero sí notó, pasado un tiempo que no era la misma. Porque esa hechicera, esa hermosa hechicera, se llevó una parte de ella que nunca volvería. Porque la joven amó a la hechicera.

Ni siquiera una única lágrima derramada por esa joven, se pudo llevar el recuerdo de aquel reflejo del sol en la blanca piel de la hechicera.

viernes, 17 de agosto de 2012

Se fue la luz

Publicado originalmente el 21 de marzo de 2011 en "Una sencilla ópera"
Hay que ver lo interesantes que pueden llegar a ser las cosas cuando se va la luz. Y es que ha pasado muchas veces, tantas que es difícil acordarse de alguna en específico, de cualquier manera, tal vez eso no haga tanta falta.

Pártase de imaginar una típica situación. Son las ocho de la noche y hay un programa estupendo en televisión o una charla importantísima por chat, y en el punto de mayor emoción (como para más rabia dar), se va la luz. Por la mente de todo aquel al que le sucedió, hizo presencia la frase “se fue la luz” (o el modo de decirlo coloquialmente según la región en la que se esté).

Da rabia en el momento y también al sopesar lo que algunos llamamos “El plan B”, porque todo en lo que se piensa sobre todo a esta hora, incluye luz. Pasada tal rabia y llegada la resignación, el panorama parece mejorar.

Ya se ha dicho o tal vez sólo pensado, sobre ese pequeño placer de llegar hasta la cama, ese lugar a donde hay que llegar en este tipo de situaciones, sin tropezarse, claro. Eso sí, habrá que tener muy en cuenta que al más mínimo tropiezo, al más mínimo choque de la punta de un pie contra un borde cualquiera, la magia de la situación se perderá y será muy difícil de recuperar.

Cierto "plus" para la situación se lograría con el uso de algún aparato que reproduzca música sin necesidad de una conexión eléctrica. No obstante se tiende a considerar aquello como una "Salida Fácil" y realmente no es ni necesario ni importante. De todos modos, es preferible para la situación, música suave, que no llegue a opacar los pensamientos ni los sonidos realmente importantes.

Ya en la cama y en paz, la magia comienza. Si se puede mirar por la ventana, las historias que cuentan las estrellas podrán ser leídas, mas si la lluvia las opaca, el suave sonido de ésta podrá ser plácidamente escuchado. Se puede reflexionar sobre muchos asuntos, se puede recordar placeres pasados, se puede hacer planes agradables. Lo importante es olvidarse, por ese rato, de las cosas que no se pueden hacer sin energía eléctrica.

Habrá que correr con suerte para poder llegar al placer máximo antes de que esa maldita electricidad vuelva, pensando que era extrañada. Esa electricidad que aunque lo arruine todo, será inevitablemente bienvenida, porque es un llamado hacia la cómoda normalidad.

Lo anterior, entes de la tierra, es un reconocimiento digno de esa hermosa aunque rechazada frase: "Se fue la luz".

jueves, 16 de agosto de 2012

Había una vez...

Había una vez, un chico que nunca comenzaba sus historias con "había una vez", le parecía ridículo. Un día, cuando se puso a hacer la introducción de su nuevo blog, decidió hacerlo como para romper paradigmas (risas intelectualoides). Federico era el nombre de este chico.

Resulta que a Federico le gustaba escribir y también le encantaba leer; fue por esto que decidió estudiar literatura. Su problema es que era alguien sumamente indisciplinado y algo inestable, de modo que siempre se le ha dificultado ser constante con todos y cada uno de sus proyectos.

La historia que estaba escribiendo Federico (esa que comienza con "había una vez"), se remonta a marzo del 2011, cuando él estaba en su último año de colegio. Fue entonces, cuando decidió hacer un blog. En este blog, él plasmaría sus pensamientos, sus anécdotas, uno que otro intento de producción literaria o simplemente algo que haya decidido expresar (una espinita que se haya querido sacer, dirían algunos). Durante dos meses, él se tomó muy en serio su trabajo como blogger, escribió un número considerable de entradas y su blog logró tener más de mil visitas en este tiempo.

No obstante, hacia mediados de mayo, algunas cosas cambiaron considerablemente su perspectiva en general sobre la vida. En consecuencia, Federico fue perdiendo el interés por publicar entradas, y poco a poco, su blog se fue perdiendo en el olvido.

Un año después, Federico, que ya estaba estudiando literatura, se dio cuenta que la disciplina de escribir periódicamente era algo muy importante para un literato. Por eso, pensó que lo mejor sería retomar su blog. Sin embargo, y justamente por todos los cambios que había hecho en su vida desde mayo, Federico ya no se sentía identificado con su blog: ni el nombre, ni algunas entradas tenían mucho que ver con lo que Federico era en ese momento.

Lo que decidió entonces fue hacer borrón y cuenta nueva. Esta vez, Federico se propuso hacer algo que trascendiera en el tiempo, algo que después de muchos años aún se identificara con él (cosa que sería difícil, porque a sus 18 años, era muy posible que su vida siguiera cambiando). Lo intentaría, se dijo, procurando eso sí, ser constante con su nuevo blog.

Entonces se puso en la tarea de llevar a cabo el proceso de renovación del blog. Lo primero que hizo, fue escribir y publicar la última entrada de su viejo blog; luego, buscó un blog que ya había creado para otros fines, pero que aún estaba vacío; Abrió este blog y cambió el nombre y la URL; a continuación, comenzó a escribir la introducción de su nuevo blog, en la que contaría, resumidamente y en tercera persona, lo que lo había llevado a escribir de nuevo...

Es en este punto en que la historia de Federico se junta con el presente. Pero aún queda mucho por hacer: Federico prometió en su despedida del viejo blog, por ejemplo, que rescataría, corregiría y publicaría algunas de las entradas antiguas; además, él debe buscar un nombre más adecuado para el naciente blog, que aquel que le hizo de afán. Pero antes de eso, Federico debe volver al presente, terminar su entrada y publicarla, iniciando así, lo que espera ser un blog más duradero y más exitoso.